domingo, 20 de enero de 2013

Tentación

El diablo es puerco...

Era mucho peor de lo que siempre imaginaba; en sus noches solitarias le atormentaban los recuerdos, se pasaba horas imaginando situaciones extravagantes, reacciones indebidas y se desvelaba ideando formas de eludir la decadencia de si misma que desencadenaba esa mirada. Pero otras noches era aún peor, podía casi percibir la llama de sus pupilas y el grito de sus instintos; lo veía en los reflejos de la luna sobre el jarrón solitario de la repisa, en las formas terrosas  que bailaban en el techo observándola retorcerse en la cama, en el murmullo de las hojas que no lograban arrullarla, en el sonido muerto de la calle a media noche... entonces no era dueña de si misma y entre fiebre y escalofríos solo encontraba consuelo en el fantasma amargo de las almendras en el amaretto de la cocina o ahogándose en el humo de los cigarros y solo cuando la crisis no era tan fuerte, una ducha más fría de lo normal lo arreglaba todo... por el momento.
Porque había días en los que era inevitable el encuentro. Cuando sus pies salían felices, las nubes bailaban para ella y se encendía un martilleo en su corazón, era la esperanza de que no iba suceder nada, de que iba a evitar su mirada. En cambio cuando salía descalza, el cielo era opaco y su respiración empezaba a fallar por adelantado.
Pero a la final siempre era igual, rehuía su mirada alejándose del sonido agudo de su voz, intentaba ignorar el escozor de su piel cuando sus átomos clamaban por correr hacia la tentación e inevitablemente terminaba encontrándose con su mirada.
Se descomponía su cuerpo, sus extremidades obedecían a alguien ajeno, era inconsciente que sus pies la alejaban de la razón y se dejaba sumergir en el mar de lo prohibido, bordeando la locura cuando su piel se juntaba con la de él; entonces su mente daba un salto mortal y su conciencia se iba de paseo.
En ese estado incluso podría asesinar... y no lo lamentaría.